lunes, 29 de octubre de 2012

Sigues siendo tú




Siempre el mismo ritual cuando su padre acababa la sesión de radioterapia. Remontaban el sótano del viejo hospital con aquel  ascensor  imprevisible, avanzaban cuidadosamente hasta la calle y él le dejaba junto a un inmenso y vigilante árbol por si el hombre se cansaba de apoyarse en el bastón, mientras iba a por el coche .

         Y la conversación, siempre tan parecida. “Bien, me ha ido bien.” “¿Hoy te ha tocado la rubia?” “Sí, es la que más me gusta. Es muy campechana.” “¿Notas algo?” “Nada, no me noto nada.” “Estupendo. Y además te han cogido enseguida.” “Sí, fíjate, son las siete y ya hemos acabado.” “Mamá se va quedar de piedra cuando vea que estamos de vuelta.”  Él pensaba a veces que aquel cuerpo extraño que le habían encontrado a su padre en un pulmón apenas pintaba nada en el día a día. Habían conseguido que el problema se redujera a conseguir aparcamiento cerca del hospital, a que le tocara la enfermera simpática, a no notar molestias y a acabar lo antes posible. El póker del éxito en aquellos días de radioterapia. Del éxito momentáneo. Pero, ¿quién quería mirar más allá de aquellas sesiones?

         Ochenta y cinco años suele considerarse una edad razonable para vivir la vida cerca de la rampa de salida. Pero cuando él recogió un mes antes los resultados que habían fotografiado aquel cuerpo inquietante en un rincón del pecho de su padre, se le vino el mundo encima. ¿Así que a su familia también le había llegado aquella enfermedad? ¿Por qué no lo había previsto? ¿Qué les decía a sus padres? ¿Cómo medir la información para no engañar y para no dañar? ¿Era eso posible?

         Su padre había sido el hombre de confianza de un notable abogado. Comenzó como pasante cuando ambos eran jóvenes. Y se jubiló oficialmente poco antes de que lo hiciera el abogado, que acabaría dejando el bufete a su hijo. Pero allí nadie se jubiló del todo. El fundador seguía yendo cada día a supervisar, a orientar, a corregir, incluso a reñir a su sucesor. Y el que fuera pasante mantenía su mesa, revisaba a diario el BOE y suministraba información al hijo sobre antiguos clientes que aún lo eran. Junto a la lealtad al abogado, dos virtudes cimentaron la confianza en  su trabajo durante cuarenta y cinco años. Una letra exquisita, como de amanuense medieval, imprescindible en los principios del bufete, y una memoria prodigiosa que recordaba datos perdidos sobre asuntos y personas lejanos. Seguir a ratos en su mesa de siempre era una forma de seguir en el mundo. Incluso en aquellos días de radioterapia, el hijo acompañaba a su padre dos mañanas por semana al despacho. Tal vez formara parte de la curación. Recluirlo en casa seguro que le hubiera hundido.

         Cuando acabaron las sesiones previstas, el radiólogo prescribió un mes de descanso, tras el que habría que hacer un TAC, y según hubiera ido la evolución del tumor, ya decidirían. Se sumergieron, pues, en una nueva rutina casi parecida a la vida anterior a la enfermedad, de la que, por cierto, seguía sin hablarse. Dos pequeñas novedades vinieron a incordiar el plan de calma absoluta. Unos escozores a los que había que aplicar cremas dos veces al día y un cansancio, al que llamar ligero no era del todo exacto.

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Hay días en la vida que se nos caen encima sin avisar y no es posible ni apartarse, ni  echarle la culpa a nadie. Cuando fueron a la visita tras el mes de descanso, en ningún momento habían previsto la cara seria del médico al repasar el informe  del TAC. Dijo que lo del pulmón había reducido su tamaño, pero que habían encontrado algo en el hígado. Y les remitió a cuidados paliativos. El padre no pareció entender mucho lo que  pasaba. Para el hijo, aquello fue demasiado. Él no quiso alargar la conversación con el padre delante. Éste le dio las gracias al doctor, como nunca olvidaba hacer, y salieron del despacho, pero ninguno de los dos sabía exactamente adónde ir. De momento a casa, que parecía el lugar más seguro. Pero el hijo necesitaba saber más y enseguida ideó un engaño. Que se había dejado unos papeles en la consulta, que le esperara sentado en el vestíbulo y que volvía enseguida. Le salió bien la astucia, pero nada más le salió bien. A solas le aclaró el médico que no se esperaba aquello. El tumor había tenido descendencia y parecía muy agresiva. No valía la pena irradiar más. Dos, tres meses como mucho. Ya verían que era buena gente la del equipo de curas paliativas.

Llevó a casa a su padre explicándole que lo del pulmón estaba mejor y que de momento no querían hacerle más radiaciones. Y que los nuevos médicos cuidarían de que tuviera las mínimas molestias. Al padre le pareció bien el plan y no hizo preguntas. Nunca las hacía. Sólo le dijo si le iría bien llevarle al día siguiente al despacho. Había unos boletines que quería revisar cuanto antes.
  
Fue un poco extraño lo que le sucedió al hijo tras dejar a su padre en casa, dar una versión blanda de la situación a la madre, que tampoco hizo preguntas, y comer deprisa, inventándose una reunión de trabajo. Aquel día no soportaba mirar a sus padres con tanto engaño en el estómago. Se despidió sin llevar siquiera los platos a la cocina.

El tiempo que se les  acercaba, imaginó, era como una esfinge en medio del camino. O acertabas sus dilemas o te devoraba, decía aquel monstruo. Pero a él le pareció que hiciera lo que hiciera, la esfinge no les iba a dejar seguir adelante con su vida de siempre. Se sentó en un banco y cerró los ojos. Si algo bueno podía pasarle a su padre,¡que le llegara en aquellos días que se estaban acercando tan deprisa! Y soltó sus palabras como quien suelta un globo rojo.

Extrañamente recordó entonces que la botella de aceite de oliva Carbonell de su casa estaba en las últimas. Y fue al entrar en un colmado cuando oyó con claridad total el viejo transistor de la dueña. No supo a quién entrevistaban, pero cazó al vuelo que el hombre de la radio afirmaba que tras la muerte pervive la conciencia individual y se inicia otra forma de existencia. Por un momento no supo qué había ido a comprar. Todo en aquel día era verdad. Todo. Pero al derrumbarse un rato más tarde en su cama, no le quedaba ni un átomo de nada.
                           
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Los avisos del médico se cumplieron. Los de curas paliativas eran gente encantadora. Y la salud de su padre se fue deteriorando sin perder el tiempo. No hubo, afortunadamente, dolores físicos importantes. Si acaso, más cansancio y, sobre todo, una gran desilusión por la comida, un dato desmoralizador en un hombre que había tenido algunas de sus mayores alegrías entre cocidos y embutidos. Pero la nota más amarga de aquel tiempo de despedida vino por donde menos se lo esperaban, y por donde nadie les había avisado.

Un día fue no recordar el nombre del abogado para el que había trabajado tantos años. Otro, el de su sobrina más querida. Un día no salía la palabra “bolígrafo”. Otro, el nombre del mes en curso. El fastidio que le producía ir a por palabras que siempre le habían llegado como el rayo le fue minando. Hablaba menos y menos claro. La médica que le visitaba dos veces por semana empezó a preguntarle cosas. En qué año nació, dónde, de qué había trabajado, cómo se llamaba su esposa, su hijo. El hombre se batía como un jabato. De hecho, la primera vez se podría decir que aprobó con nota. Entre un seis y un siete, consideró el hijo, que tampoco entendía muy bien por qué estaba pasando todo aquello. Después ya supo que probablemente el cerebro había sido alcanzado por lo otro. Entonces, por primera vez, vio el final no solo inevitable sino necesario.

Y un día comprendió algo muy importante. Fue una tarde que estaban solos padre e hijo. El padre quería decirle algo pero no se le entendía. Y el hijo tuvo una pésima idea, que al principio le pareció muy buena. Le trajo papel y bolígrafo para que escribiera lo que quería decir. Él se puso manos a la obra y aquella letra impecable, que tanto le había distinguido como el pasante de abogado de mejor caligrafía, se convirtió en renglones torcidos, llenos más de garabatos que de palabras. El padre dejó ir el bolígrafo herido de muerte en un órgano vital que no aparecía en ninguna radiografía. Entonces él le dijo cuánto se alegraba de que fuera su padre. Y se le reveló ese algo tan importante. Lo escribió días después.

Sigues siendo tú.
Ahí dentro estás.
Hablas y cuesta entenderte.
Has olvidado en qué año estamos, en qué calle vives.
Seguirás olvidando y confundiendo.
Tomas el lápiz y tu impecable letra tiembla, se vuelve inútil.
Te cansan tantos intentos para pedir un simple vaso de agua. Tantos intentos para seguir estando con nosotros, como siempre estuviste. No puedes comentar nada.
Pero eres tú.
Con una seguridad inexplicable, sé que eres tú. Sé que tras ese derrumbe biológico que cada día nos trae algo nuevo, estás tú y eres tú. El de toda la vida.
Calladito con tu bastón, sentado en un banco y mirándonos a todos, estás ahí, en el fondo de ti mismo. Con una mirada lista y en calma. Como si esperaras un taxi privado.
Y quien te quiere y te mira sin prisa, se ha dado cuenta. Se ha dado cuenta de que estás entero, aquí, hoy. Mañana también lo estarás, aunque nadie pueda reparar esos cables sueltos de tu cerebro que no dejan de enredar.
Sigues siendo tú. Lo he sabido en un instante feliz.

Podría ser que algo parecido a la misericordia decidiera ocuparse de que aquellos días de palabras mudas y preguntas sin respuestas se acabaran más pronto de lo que nadie había previsto.



domingo, 14 de octubre de 2012

Cuando morir es volver



Podría parecer que al poeta se le fue un poco la mano cuando escribió estos versos:

                              Me voy,
                              zarpo  ahora,
                              y podría volver
                              si no me siento satisfecho
                              con lo que he aprendido
                              al haber muerto.

         Robert Frost nació en San Francisco en 1874 y murió en Boston en 1963. Sin embargo, poco podían imaginarse  sus lectores, o tal vez el mismo Frost, que el desafío teñido de humor de su poema se convertiría en investigación científica no muchos años después de su muerte.

         El fenómeno de las personas que , rodeadas de un equipo médico, son dadas por clínicamente muertas, pero que al cabo de pocos minutos recuperan la vida y más tarde explican su extraordinario viaje a un no-lugar llamado “más allá”, se viene estudiando a fondo en las últimas cuatro décadas. Como es sabido, se le ha dado el nombre de experiencias cercanas a la muerte (ECM) y los casos conocidos son, a día de hoy,  muchos miles. Ya en 1982 un sondeo realizado en Estados Unidos por The Gallup Organization concluyó que un 5% de la población estadounidense había experimentado una experiencia cercana a la muerte. En 1998 se hizo una encuesta en Alemania y el porcentaje fue muy parecido.

         Creo que la historia de la investigación de estas realidades empieza con este nombre: George Richtie. Richtie era un joven estudiante de Medicina en 1943, cuando fue ingresado por neumonía doble. Entonces los antibióticos no eran aún de uso corriente y, tras una fiebre muy alta y un gran dolor en el pecho, murió. Así lo certificó el médico del hospital. Parece ser que un enfermero presente no quiso aceptar que no hubiera nada que hacer y propuso administrarle una inyección de adrenalina en el pecho. A los nueve minutos de su muerte clínica, George Richtie volvió a la vida. Tenía mucho que contar pero durante años no se atrevió.

                                     
         Con el tiempo se convirtió en psiquiatra y comenzó a compartir su experiencia en clases y conferencias. Por fin, en 1978, escribió un libro: “Regreso del mañana”. Richtie había vivido, en aquellos minutos de muerte clínica, algunas de las vivencias más características de este estado: dejar su cuerpo y observarlo tumbado en una cama de hospital, poder volar y ver los acontecimientos de su vida. Pero también otro rasgo más singular, como viajar a otras dimensiones. Lo recordaba todo con gran precisión.

         Uno de los asistentes a una de sus conferencias fue un estudiante de Filosofía llamado Raymond Moody. La historia de Richtie le impactó pero simplemente la guardó en su memoria. Fue cuatro años más tarde cuando Moody conoció a un estudiante de su universidad que también había regresado tras estar clínicamente muerto. Lo sorprendente era que su historia tenía muchos puntos de contacto con la de Richtie. Este fue, probablemente, el despegue de todos los abundantes estudios que luego se han ido produciendo, ya que Moody  inició entonces una  búsqueda de casos de resucitación clínica y pronto le fueron llegando historias. Tantas como para escribir el libro fundacional de las ECM: “Vida después de la vida”, del que se han vendido en todo el mundo 15 millones de ejemplares.

                    

         La clave de estos estudios, y lo que tiene especial sentido para tantos lectores, es que las historias se parecen mucho. Moody ha llegado a señalar doce características de estos viajes insospechados. Aunque no se repiten los doce rasgos siempre, la práctica totalidad de estas historias giran en torno a  algunas, o muchas, de estas vivencias. La que sigue es una de ellas.

         Fue en setiembre de 1978 cuando esta mujer se puso de parto. Ella y su marido fueron al hospital con la comadrona. Todo parecía normal. Sin embargo, cuando ingresó en el quirófano, enseguida el equipo médico comenzó a moverse con nerviosismo y a comunicarse en voz baja. No le respondieron a la pregunta de si algo iba mal, pero le insistieron en que empezara a empujar. Ella les dijo que aún no tenía contracciones. Alguien acercó con prisa la mesita del instrumental quirúrgico. El marido se desmayó, y esto parece que fue lo último que vio aquella mujer. Lo que siguió ya era cosa de otra dimensión. Así lo contó ella cuando regresó.

         De golpe me doy cuenta de que estoy mirando hacia abajo, observando a una mujer tendida en la cama con las piernas sobre los estribos. Veo a las enfermeras y a los médicos, presas del pánico. Veo un charco de sangre sobre la cama y en el suelo. Veo unas enormes manos presionando con fuerza la barriga de la mujer. Y entonces veo a la mujer dando a luz a un niño. Se llevan al bebé a otra habitación de inmediato. Las enfermeras parecen abatidas.

         (…) De nuevo soy testigo de una gran conmoción. Veloz como una flecha, vuelo a través de un túnel oscuro. Me embarga un sentimiento de paz y dicha que me sobrepasa. Me siento intensamente satisfecha, feliz, serena y llena de paz. Oigo una música maravillosa. Contemplo hermosos colores y flores primorosas  de todos los colores del arco iris en un vasto prado. A lo lejos hay una bellísima luz, brillante y cálida. Ése es el lugar hacia el que debo marchar. Vislumbro una silueta con vestimenta clara. Esa figura me está esperando y extiende una mano. Tengo la sensación de que se trata de una bienvenida efusiva y afectuosa. Cogidas de la mano, nos movemos hacia esa hermosa y cálida luz. Entonces ella se desprende de mi mano y se da la vuelta. Siento que algo está tirando de mí. Reparo en una enfermera, que me abofetea con fuerza las mejillas y me llama por mi nombre.

         Esta mujer había tenido una hemorragia al comenzar el parto, pero al principio nadie se percató. La criatura nació muerta y ella también lo estuvo. En 1978, cuando esta historia sucedió, quienes vivían una experiencia cercana a la muerte solían guardarla en silencio. Era algo extraño; apenas había estudios sobre ello; la gente desconocía que era una vivencia bastante común en personas recuperadas de una muerte clínica, y nadie preguntaba  a los protagonistas qué recordaban de su muerte. Esta mujer tardó veinte años en encontrar a alguien (en su caso un psicólogo que la trataba de una depresión) que supiera de qué iba todo aquello y la animara a escribirlo. El salto adelante en el conocimiento general de las ECM , en estos últimos tiempos, ha sido debido al empeño y a las investigaciones de médicos y sociólogos. Quiero destacar, entre bastantes más, dos nombres decisivos.

         El primero es Elisabeth Kübler-Ross. Doctora en Medicina, “honoris causa” por varias universidades, era una experta mundial en tanatología y autora de libros conocidísimos, no solo entre el personal sanitario, sino entre el público en general, como “Sobre la muerte y los moribundos”. Fue precisamente su dedicación intensa al cuidado de  los enfermos incurables, cuando la medicina solía retirarse al concluir que ya nada se podía hacer, la que le llevó sin pretenderlo a descubrir un caso de experiencia cercana a la muerte: el de la señora Schwarz, muy parecido al relatado anteriormente. Lo explica en su libro “La muerte: un amanecer”. A partir de ese momento, Kübler-Ross puso en marcha  una investigación en varios países, con gentes de todas las edades, razas y creencias, de personas que tenían algo que explicar tras estar  clínicamente muertas. Las conclusiones de su estudio coinciden con otros y ella las resumió así en un texto de 1980:

         Desde el momento en que dejamos nuestro cuerpo físico nos damos cuenta de que no sentimos ya ni pánico, ni miedo, ni pena. Nos percibimos a nosotros mismos como una entidad física integral. Siempre tenemos conciencia del lugar de la muerte, ya se trate de la habitación donde transcurrió la enfermedad, de nuestro propio dormitorio en el  que tuvimos el infarto o del lugar del accidente. Reconocemos muy claramente a las personas que forman parte de un equipo de reanimación o de un grupo que intenta sacar los restos de un cuerpo del coche accidentado. Estamos capacitados para mirar todo esto a una distancia de metros sin que nuestro estado espiritual esté verdaderamente implicado.


         Los estudios que impulsó Kübler-Ross abarcan tanto casos de resucitación como experiencias en coma o con moribundos. Kübler-Ross ha subrayado en sus conclusiones uno de los rasgos de las ECM: la presencia de seres queridos que habían muerto ya, aunque fuera muy poco tiempo antes, recibiendo a quien acababa de fallecer. Nadie muere solo, decía una y otra vez. La siguiente historia, en este caso de una mujer en su último suspiro, refleja este rasgo del viaje al más allá.

         La protagonista era una joven india americana. Fue atropellada y el conductor se dio a la fuga. Un extranjero acudió a auxiliarla. Cuando la tenía en sus brazos, la joven le dijo que se estaba muriendo, pero que había algo muy importante que podía hacer por ella. Si un día iba a la reserva india en que vivía su familia, que le dijera a su madre esto: “Que estaba bien y que su padre estaba ya muy cerca de ella”. Así expiró.

         El hombre se dirigió de inmediato a la reserva, que se hallaba a mil kilómetros del lugar del accidente. Cuando se lo explicó a la madre, ésta le informó de que el padre de la joven había muerto de un fallo cardiaco sólo una hora antes del accidente de la hija.

Los estudios sobre ECM no han dejado de crecer en las últimas décadas. Uno de lo más actualizados y completos  es “Consciencia más allá de la vida”, del cardiólogo holandés Pim van Lommel.

                                                
         En 1969, ya ejerciendo en un hospital, Van Lommel consiguió recuperar de un paro cardiaco a un paciente que había estado cuatro minutos inconsciente y con el corazón parado. Todo el equipo celebró el éxito, menos el paciente, que se mostró de entrada decepcionado por lo que había tenido que abandonar al volver a la vida. Un túnel, luz, colores, música, un hermoso paisaje componían la vivencia sorprendente de la que no deseaba marchar. Pim van Lommel no sabía de qué estaba hablando aquel hombre.

         Pero en 1986 leyó el libro que ya cité al principio: “Regreso del futuro” de George Richtie, y decidió indagar entre los pacientes que en su centro médico hubieran sobrevivido a una muerte clínica. Para su sorpresa, escuchó doce relatos, sobre un total de cincuenta reanimados, con rasgos muy parecidos. A partir de ahí comenzó su propia investigación durante veinte años, cuyo fruto es este “Consciencia más allá de la vida”. Son muchos los casos que relata. Escojo uno especialmente sorprendente.

         Vicki nació prematura, en 1951, y en la incubadora se  le suministró  oxígeno al 100%. Esto le provocó una ceguera total. A los 22 años sufrió un gravísimo accidente de coche que le produjo fractura de la base del cráneo y conmoción cerebral. En el hospital se afanaron en recuperarla, al principio sin éxito, cuando sus constantes fallaron. Lo relevante es que Vicki vio todo lo que estaba intentando el equipo médico. Para ella fue terrorífico en un primer momento, pues nunca había visto nada. Consiguió reconocerse por el anillo de boda (que conocía por el tacto) y por su pelo. Después dejó el hospital y llegó a donde, tal como explicó, “había árboles, pájaros y bastante gente, pero todo ello estaba hecho como de luz  Y podía verlo, y era increíble, realmente bonito, y me sentía aturdida por esa experiencia, porque antes ni siquiera era capaz de imaginar cómo era la luz.”

         Vicki contó que fue recibida por dos compañeras del colegio, Debby y Diane, también ciegas, que habían fallecido años atrás. Ya no eran niñas, y  “en aquel lugar parecían brillantes y hermosas, sanas y vitales.”
De nuevo el papel de los seres que reciben a quien comienza a adentrarse en el espacio más desconocido para los seres humanos. Van Lommel recoge más relatos que abundan en este hecho. Éste es otro de ellos.

         Durante mi experiencia cercana a la muerte a consecuencia de un paro cardiaco, vi tanto a mi abuela ya fallecida como a un hombre que me observaba afectuoso pero al cual yo no conocía. Transcurridos más de diez años, mi madre me confió en su lecho de muerte que yo había nacido de una relación extramatrimonial; mi padre biológico era un hombre judío que había sido deportado y exterminado en la Segunda Guerra Mundial. Mi madre me enseñó una fotografía. El hombre desconocido que había visto más de diez años antes durante mi ECM resultó ser mi padre biológico.

         Hago ahora un alto en las historias para formular una reflexión que reclama unas líneas. Se trata de una conclusión posible de estos relatos, recogida y tratada por Van Lommel y otros investigadores. Si el cerebro queda inactivo durante la experiencia cercana a la muerte (se han hecho comprobaciones irrebatibles, como el famoso caso de Pam Reynolds), todo apunta a que la mente humana puede actuar sin el cerebro, es decir, sin base biológica. Y, por tanto, aunque el cuerpo quede fulminado, el ser humano es algo más, mucho más, que continúa más allá de la vida, o mejor, en una siguiente etapa de la vida. No hace falta subrayar la trascendencia de esta posibilidad, hacia la que apuntan todas estas experiencias.

         Y ahora, una referencia personal. Mientras buscaba información para este “Cuando morir es volver”, yendo de caso en caso de regresos del más allá,  recibí el anuncio de la visita de unos amigos de mi familia. Se trata de un matrimonio en la década de los setenta, residentes a unos 400 Km. de mi ciudad, que una vez al año viajan para pasar unos días con todos nosotros. Y aquello que llamamos el misterio de la vida volvió a actuar, no sé cómo ni por qué. Yo había olvidado que ella estuvo clínicamente muerta. Sucedió hace más de veinte años. La llamaremos María. A su marido,Gabriel. Son personas comunicativas, aunque de este hecho nunca habíamos hablado. María no tuvo ningún problema en abrirme la puerta de su experiencia, aunque el rato en que conversamos estuvo rodeado de cierta solemnidad. Gabriel la escuchaba. Él también tuvo su papel, en el lado de acá, en este viaje de María, que transcribo con sus propias palabras.

         Un día al despertar me di cuenta de que había tenido un sueño y se lo expliqué al momento a mi marido. Se trataba de que me llevaban al hospital para hacerme una revisión completa. El caso es que entonces yo no me sentía mal, pero no lo dudamos y fuimos al hospital siguiendo el sueño. El primer médico me dijo que notaba algo en la matriz. El segundo, el ginecólogo, lo confirmó y quiso que me hiciera una ecografía. Así me detectaron un tumor del tamaño de un garbanzo en la matriz. Me propuso operar y yo no quise retrasarlo. Quedamos para la misma semana. Cuando estaba en la operación comenzó todo para mí.

         Sucedió al final de la intervención. El corazón de María se apagó. El médico salió del quirófano y tuvo que comunicarle a su marido que lo lamentaba mucho, pero que su esposa se les había ido. Tan irreversible fue el mensaje, que Gabriel llamó sin demora a los parientes más próximos para comunicar la defunción de María. Sin embargo, al cabo de un rato una enfermera, alborozada, le fue a buscar para darle la sorprendente noticia. El corazón de María había vuelto a latir. Estaba recuperando la conciencia. Lo que viene a continuación es lo que ella había vivido en aquellos minutos trágicos para su marido, y tan distintos para ella.

         De pronto me encontré viendo desde arriba cómo operaban a una mujer, que entonces no reconocí que fuera yo. Enseguida se formó a mi alrededor una energía luminosa; había muchos puntitos dorados. No era exactamente un túnel, pero la energía se iba abriendo paso mientras me llevaba adelante. No había ningún sonido, si acaso como una suave brisa que daba paz. Aunque al principio no había nadie, yo me sentía arropada por aquella energía. Divisé al fondo un grupo de gente con túnicas blancas. Vi un jardín, plantas, árboles ¡todo era precioso! Y una de aquellas personas abrió los brazos para recibirme. Yo quería llegar ya a ellos. Pero entonces se oyó una voz: “María, aún no es tu tiempo”. Esto es lo que dijo exactamente, y quien me esperaba con los brazos abiertos, los bajó de inmediato. Y fue como si la misma energía que me había llevado hasta allí me devolviera a mi cuerpo, aquel que al principio no había reconocido como mío.

         Los investigadores de estas experiencias han llegado a la conclusión de que quienes las viven salen transformadas de ellas, suelen dar un salto espiritual muy importante. Pregunté a María si algo había cambiado en ella.

         Sé positivamente que hay algo después. No tengo ningún miedo a morir. También sé que no se nos castiga. Somos nosotros los que nos castigamos con nuestras acciones.
         Y no me siento nunca sola. Agradezco cada día todo lo que tengo.

         Muchas otras historias, muchos otros nombres de investigadores podría añadir a la lista de protagonistas de este “Cuando morir es volver”, pero hay que poner un punto final. Sin embargo, tengo la sensación de que esta historia de revelaciones del camino desconocido que nos espera a todos, no ha hecho más que empezar.