sábado, 30 de junio de 2012

El secreto de Caronte



Tengo ante mí una postal de un cuadro de Joachim Patinir que compré en una exposición de su obra en el Museo del Prado. Se trata de “Caronte atravesando la laguna Estigia”. Este personaje de la mitología transportaba en su barca las almas de los muertos desde el país de los vivos al otro mundo. Patinir fue un pintor del siglo XVI que en esta obra de gran éxito plasma un tema inmortal, y nunca mejor dicho: ¿Los muertos van a algún sitio? ¿Es la muerte un viaje que se vive con alguna forma de consciencia?


                            

         Esta historia trata de los viajes de Caronte, pero con una variación. ¿Hay viaje de regreso? ¿Caronte retorna a la orilla de los vivos a algunas de sus almas, ni que sea por unos breves instantes?

         Conocí a los dos protagonistas de este relato, padre e hijo, de cerca. He sido confidente de lo que no se quiso explicar en cualquier lugar, ante cualquier persona, en parte por pudor a revelar algo muy personal, en parte para ahorrarse los silencios incómodos de quienes no están dispuestos a aceptar que a uno le puedan ocurrir cosas sorprendentes, ni menos que puedan tener algún significado. Tengo la autorización del hijo para transcribir aquí los hechos. Los nombres y algunos detalles muy secundarios son ficticios. El núcleo de la historia, evidentemente no.

         Ramón Gracia y yo nos conocimos hace bastantes años en un instituto de enseñanza secundaria. Él era profesor de Física; yo, de Lengua y Literatura. Congeniamos y conversamos bastante en nuestros ratos libres.A mí me gustaba que él me explicara cosas de Física, básicamente porque no tenía ni idea, haciendo honor a mi condición de licenciado en Letras, y él, en cambio, tenía buen oído para la poesía. En algún momento ambos coincidimos en que al centro le faltaba una revista y a nosotros nos sobraban, en aquel entonces, ganas de ocuparnos en ponerla en marcha.

         Creo que Ramón tendría unos 29 años cuando empezó nuestra amistad. Vivía aún en la casa familiar. Su única hermana residía en Suecia,  él se avenía bastante con sus padres y colaboraba en los gastos, lo que resultaba un alivio para una familia modesta, por todo lo cual no se daba mucha prisa en marcharse. Pronto aparecería una señorita estupenda con la que, en el plazo de un año, se entregó con entusiasmo a visitar pisos de alquiler. Explico todo esto porque yo frecuenté su casa en aquellos días en que nos pusimos a diseñar nuestra propuesta de revista para el instituto. Y ahí conocí a sus padres, aunque me referiré sólo al padre, a José María Gracia, para ceñirme al hilo principal de este relato.

         Se trataba de un hombre muy amable, risueño, jubilado de una empresa del metal en la que había ejercido de administrativo, y que pasaba buena parte del día en su hogar leyendo libros sobre la Guerra Civil Española. Había pertenecido a la leva más joven del ejército republicano, la conocida como “quinta del biberón”, y todo lo que le aconteció en la guerra, y en los primeros años de la postguerra, le dejó una huella perpetua y una gran curiosidad por confirmar en los libros lo que él había visto con sus propios ojos.

         Siempre se quedaba un rato con nosotros cuando yo llegaba y me traía, invariablemente, “un coca-cola”, con ese artículo masculino que no sé de dónde había sacado. Mientras yo intentaba fulminar las burbujas del coca-cola, pues no me sentaban demasiado bien aunque me gustara la bebida, a base de remover y remover el brebaje, él me mostraba el libro de memorias o de crónicas de la guerra en que andaba sumergido. “¿Lo conoces?”, me decía mientras sostenía ante mí, orgulloso, el volumen del momento, convencido de que como profesor de Literatura tenía que decirle que sí. “A mi hijo estos libros no le van. Él es de Ciencias”. Y yo intentaba sortear mi desconocimiento como podía (“me suena pero ahora mismo…”, “me han hablado de este autor”, “mi padre mencionó una vez…”). El hecho es que en aquel tiempo sólo leía literatura y filosofía, pero me sabía muy mal decepcionar al señor José María cada vez que les visitaba. Entonces, para subsanar mis lagunas históricas, y con su cortesía proverbial, me hacía un resumen de diez minutos exactos y, como si hubiera sonado un timbre en su cabeza, al llegar a ese momento, se levantaba y volvía al sofá del comedor. “Os dejo trabajar”. Y ya no le veía hasta la hora de despedirme. Mi amigo Ramón le dejaba hacer y le miraba con una mezcla de comprensión, respeto y paciencia a partes iguales. Ciertamente Ramón no leía los libros de su padre, pero el libro de la vida de su padre, yo diría que se lo conocía bastante bien. Nunca me lo dijo, pero a mí siempre me pareció que le quería mucho.

         Ramón y yo dejamos de vernos bastantes años. Él encontró destino definitivo en un instituto a unos cien kilómetros de nuestra ciudad. Yo me perpetué en el que nos conocimos. Allí se casó y tuvo un hijo . Y nos desconectamos cada vez un poco más. Sin que ocurriera ningún conflicto dejamos de saber el uno del otro. Hasta que un día me quedé clavado en las esquelas del periódico. José María Gracia, su padre, había fallecido. El entierro era al día siguiente, en mi ciudad y la de sus padres, y decidí ir sin pensarlo dos veces.

         La sala de ceremonias del tanatorio estaba llena. José María Gracia se había hecho querer. Ramón tomó al final la palabra y habló con delicadeza de la historia de su padre: de su infancia, del tiempo de guerrear, de su familia, de su trabajo, incluso citó los libros de historia que tanto le acompañaron y de los que él no había leído ni uno, lo que aquel día lamentaba. El momento más emotivo fue, probablemente, un fragmento del poeta Miguel Hernández, que Ramón había dejado como cierre de sus palabras. Dijo, y me sorprendió, que aquél era el mensaje que creía que su padre dejaba  a las personas que le pudieran echar en falta:

                                      Aunque bajo la tierra
                                      mi amante cuerpo esté,
                                      escríbeme a la tierra,
                                      que yo te escribiré.

         El reencuentro  con Ramón fue el inicio de una nueva etapa en nuestra amistad. Nos vimos una semana más tarde y hablamos con la fluidez de aquellos años compartidos. Mi impresión, ya lejana en el tiempo, de que un hilo de afecto muy sólido, aunque silencioso, siempre le había unido a su padre se confirmó a lo largo de la conversación. Un año antes, al hombre le habían detectado un tumor canceroso. Ramón le había llevado a todas las sesiones de quimioterapia y de radioterapia. Su hermana no podía trasladarse desde Suecia, donde tenía trabajo y familia, y a su madre la dejaba al mando de la casa, donde mejor se desenvolvía la mujer. Había sido un buen enfermo, había aguantado el tipo sin hablar mucho del asunto, durmiendo un poco más y leyendo un poco menos de lo habitual. Las cosas se habían precipitado en un mes. Falleció en casa, en su cama, junto a su esposa, en medio de la noche. Se marchó sin hacer ruido y sólo se dieron cuenta unas horas más tarde, al amanecer.

         En nuestra siguiente conversación, al cabo de dos meses, me comentó que estaba sorprendido de lo mucho que echaba en falta al padre. “Tengo una vida ocupadísima en todos los sentidos. Estoy feliz con mi mujer, con mi hijo, con el trabajo…Apenas tengo tiempo para pensar en otras cosas y, mira, no sé qué es, pero por las noches, cuando todos duermen y me quedo un rato a oscuras en la sala, no me hago a la idea de no ver más a mi padre. Es como si no pudiera ser”. Yo le dije que era normal, que aún estaba muy reciente, que todo duelo requiere un tiempo y otras frases parecidas que ya me pareció que no le acababan de convencer. “No sé. Ya veremos. Todo esto es muy raro”, me contestó. Y yo para acabar de rematar un día para la posteridad, sentencié: “Es la muerte, Ramón. La muerte es así”.

         Ramón, conviene que en este punto lo diga, no era un hombre de creencias; era un hombre de asombros. No había adoptado ninguna religión, ni tampoco la de la ciencia. “Es que cuanto más estudio, cuanto más al día estoy de las teorías de Física, menos claro lo veo todo”, me comentó en aquellos días. Y en otro encuentro me dijo algo que no se me borró: “Me cuesta creer en nada, pero igual me cuesta creer que no hay nada más”. Era evidente que la muerte de su padre, aparte del duelo inevitable, le había provocado una sed que no sabía cómo saciar.

         Y el teléfono sonó una noche. Era Ramón. Acababan de regresar de un fin de semana en Madrid y tenía cosas que explicarme. No nos veíamos desde antes del verano, casi cuatro meses sin saber de él, y me sorprendió la llamada nocturna, con un punto de urgencia. Se lo dije. “Sí, me ha pasado algo y te lo quiero contar”. Nos citamos para el día siguiente.

         “Estábamos con mi mujer y mi hijo de vacaciones en Mallorca. Un día, por la mañana, ellos se fueron a la playa y yo me quedé un buen rato en la habitación. Me había traído un par de libros interesantísimos y aún no los había abierto. De pronto, allí solo, llegó mi padre. Quiero decir que lo sentí muy próximo y como esperando que le dijera algo. Casi sin darme cuenta me puse a hablar con él. Es verdad que por un momento se me cruzó un  pensamiento de reproche: ¿Qué haces, Ramón, hablando con tu padre? Hace medio año que ya no está aquí. ¿Qué estás haciendo, hombre? Pero enseguida envié al cuerno el reproche y seguí con lo mío. Fueron seis o siete minutos, no creo que más. Le dije cómo nos iba la vida  a toda la familia. Le expliqué por qué estábamos en aquella isla de vacaciones. Todo muy sencillo, nada prodigioso, qué va. Él no me decía nada, pero yo comprendía que me estaba escuchando. Le pregunté cómo estaba. Sentí que me sonreía. Ya sé que visto ahora parece una locura, pero entonces tenía mucho sentido. No hubiera podido hacer otra cosa. Y así me despedí, como solemos hacer todos, deseándole lo mejor. Y lo mejor, ¿qué era para él? Yo qué iba a saber, pero se lo dije de corazón, eso sin duda. Ahora bien, esto no fue todo, si no, no te hubiera llamado”.

         “Aquel mismo día habíamos decidido ir con mi esposa y el niño a ver un acuario en el mismo pueblo en que veraneábamos. Mientras estaba con ellos viendo morenas, tiburones y peces payasos, apenas se me ocurría comentar nada, lo que era muy raro en mí. Yo continuaba en la habitación, con mi padre, y no me estaba enterando de nada. Al acabar el recorrido, había una tienda y mi hijo se empeñó en que le compráramos una gorrita con un delfín. De pronto vi un rincón con libros y me fui directo a una estantería, como si un canto de sirena me estuviera llamando desde allí. Resultó que todos los libros de aquella sección eran del mismo autor, un biólogo marino que yo no conocía. Pero el nombre sí. No te lo vas a creer. Se llamaba José María Gracia. Como mi padre. ¡Todos los libros de aquella estantería! ¿Qué te parece?”

         Ramón no me dio tiempo a que le dijera algo sobre la coincidencia. Es cierto que me quedé callado más de lo habitual. No se me ocurría así de pronto qué decirle. Pero lo que para mí era una historia completa, para Ramón era sólo la mitad de lo que tenía previsto contarme. Así que siguió hablando sin darme tiempo a buscar alguna buena frase sobre la casualidad o la no casualidad.

         “Esto no es todo. Ahora acabamos de pasar cuatro días en Madrid. Mi esposa tiene una gran amiga que se casó y se quedó a vivir allí. A veces vienen ellos, a veces vamos nosotros. Nos llevamos más que bien los cuatro. Una noche dejamos a todos los niños en su casa con una canguro y nos llevaron a cenar a un restaurante que se llama La Vaca Argentina. Lo pasamos bien, como siempre, hablando de mil cosas. Pero yo no solté prenda de lo que me había ocurrido en Mallorca. Sólo mi mujer lo conocía. Te lo digo porque sucedió casi lo mismo. Verás”.

         “Mi padre era medio madrileño. Su padre era de Madrid y tenía varios primos allí con los que se escribía y se llamaban para Navidad. Cuando murió, vinieron todos al entierro. Te lo digo porque llegar a esa ciudad, me aproximó otra vez a mi padre. Era un lugar en parte suyo y así lo sentí la mañana que salí temprano de casa de nuestros amigos a comprar el periódico y unos cruasans para el desayuno. Y me entraron otra vez muchas ganas de comunicarme con él. Desde lo de Mallorca, dos meses atrás, no había hecho nada parecido. Fue de nuevo algo que se presentó como con fuerza propia. Mentalmente, porque iba andando por la calle y no quería que nadie me tomara por lo que no soy, le fui diciendo cosas. Cosas muy simples, como la otra vez: qué bien se estaba en aquella ciudad, que el día anterior había visto a los parientes de Madrid…El hecho es que aquella misma noche, al ir a salir del restaurante que te decía, vi un montón de revistas en un mostrador. Eran de la cadena de establecimientos donde habíamos cenado. Cogí una. Al llegar a casa, la abrí y en la primera hoja se me apareció una entrevista con un cocinero que, sí, ya te lo imaginas, se llamaba José María Gracia. ¿Qué piensas de todo esto?”

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Ya hace varios años de aquella confidencia de Ramón. Cuando me preguntó qué opinaba, le dije que nada que yo pudiera decir iba a aportar algo mejor a su experiencia. Hice bien. Casi sin darme cuenta le regalé mi silencio, que era lo mejor que yo podía ofrecerle. Él estaba viviendo una forma de presencia a la que no sabíamos qué nombre darle. Ni falta que hacía.

         Pero nunca he dejado de pensar en aquellas sincronías, en aquella firma con el nombre de su padre apareciendo en los momentos más oportunos y en los lugares más inesperados, en aquel diálogo imprevisible de aquí a allí, de allí a aquí, o en cómo ocurrió todo a la medida de mi amigo Ramón, es decir, sin ninguna teoría en que creer, sin médiums en quien confiar, sin ir en busca de tener una experiencia. Todo llegó por la vía del asombro, desnudo, sin conceptos, el único camino que él, desde siempre, estaba dispuesto a recorrer. Como el poeta Rilke aconsejaba en sus “Cartas a un joven poeta”:

         Hemos de aceptar nuestra existencia tan ampliamente como nos sea posible. Todo, incluso lo inaudito, ha de ser posible. Esto es lo fundamental, el único valor que se nos exige: ser valientes ante lo más extraño, maravilloso e inexplicable que nos pueda acontecer. Que los seres humanos sean cobardes en este sentido, causa un daño infinito a la vida; las experiencias que llamamos “apariciones”, todo el llamado “mundo de los espíritus”, la muerte, todas estas cosas tan emparentadas con nosotros, hasta tal punto han sido expulsadas de la vida por un rechazo realizado día a día, que los sentidos con los que podríamos percibirlas, se han atrofiado.

         La Humanidad ha ido descubriendo más realidad en todas sus dimensiones. Hacia fuera, hacia el Universo, donde la mirada desfallece y se confunde, ha encontrado con el tiempo mundos interestelares de magnitudes inimaginables. Hacia dentro, hacia los constituyentes de la materia, del propio cuerpo, la pequeñez se ha revelado también desbordante. Un día se descubrió el átomo y se le puso ese nombre equivocado (lo no divisible). Otro día se supo que era divisible y había más en su interior. Electrones, neutrones y protones nos fueron confiando su enigmático comportamiento, hoy todavía en estudio. Nos queda una tercera dimensión esencial de la vida humana. La que tal vez espera cuando  nuestro cuerpo se estropea definitivamente. Algunos creen imposible avanzar en el conocimiento de esta tercera dimensión. Otros, no. Lo que parece cierto es que no hay respuestas si antes no hay preguntas.

         ¿Qué sabe Caronte de ese ir y venir de una a otra orilla? ¿Por qué no revela su secreto? ¿O sí lo hace en ocasiones? 

             

martes, 12 de junio de 2012

Alguien tendría que ir a hablar con Andrómeda


Esta Andrómeda no es otra que la galaxia gigante y la razón de tener que ponerse en contacto con ella es que se nos está viniendo encima a una velocidad  espantosa. Es cierto que los periódicos nos llegan saturados de malas noticias, pero uno no acaba de entender los pocos comentarios que ha provocado esta reciente noticia, medalla de oro del apocalipsis: la galaxia de Andrómeda va directa hacia nuestra Vía Láctea, que, para acabarlo de arreglar, también se dirige hacia ella. Y ambas con una prisa enorme por chocar  de frente. Se desplazan a unos 400.000 Km. por hora. ¿Qué más se sabe del asunto?

         Seguramente estaremos de acuerdo en que cuando nos da por pasearnos por el Universo (siempre, por supuesto, desde una butaca en casa o en un planetárium) volvemos desolados por  lo inabarcable  que es el mundo de Buzz Lightyear, aquel personaje de “Toy Story” que gritaba un pensamiento filosófico cada vez que despegaba: “¡Hasta el infinito y más allá!”. Repasemos, si no, los datos de estas dos galaxias de rumbo enloquecido.

         Andrómeda está a 2’5 millones de años luz de nuestra Vía Láctea. ¿Alguien sabe cuánto es eso? Y contiene un billón de estrellas. El número no es exacto, ciertamente, pero ¿cuánto es un billón de cualquier cosa?  Si alguien quiere saber algo más de Andrómeda, que sepa que emite ondas de radio en la banda de los 158.8MHz. He aquí  la galaxia gigante de Andrómeda:

           
         Y ahora la Vía Láctea, en cuyo interior moramos los humanos, más concretamente en una región de ella, en el Sistema Solar, como bien sabemos. El diámetro de esta galaxia es de 100.000 años luz y contiene entre 200.000 y 400.000 millones de estrellas. Dos datos más improcesables para mentes como las nuestras, acostumbradas a desplazarse, como mucho, a 1.000 o 3.000Km., y a contar, también como mucho, en términos de 2 o quizá 20 millones, que es lo que en euros ganan nuestros admirados futbolistas de élite, y poca gente más. La densidad de estrellas es característica de la imagen de esta galaxia nuestra.


         Como decía al principio, las conclusiones de los astrofísicos que han estado observando el panorama con el telescopio espacial Hubble durante los últimos cinco años, son que el choque será frontal, que nacerá una nueva galaxia, suma de las masas de las dos, que el Sol saldrá despedido hacia un extremo del nuevo todo y que la gran mayoría de estrellas sobrevivirán, aunque ocuparán nuevas órbitas. No encuentro datos sobre el ruido que tal encontronazo cósmico pueda producir. ¿Se propagará el sonido inmenso? ¿Estará fuera del alcance del oído humano? Se trate de un estrépito indecible o de un silencio horripilante, lo cierto es que parece que ya hará mucho que el último  humano habrá cerrado la luz del último rincón de la Tierra. Y es que de la noticia aún nos falta lo más importante para nosotros: el tiempo.

         Seguramente los datos que han enfriado la avalancha de artículos, comentarios, tertulias y cartas al director, que tenían que haber explotado, sean los relativos al tiempo, aún no mencionados. Y es que el fenómeno arrasador va para largo. Este choque de galaxias se producirá dentro de 4.000 millones de años. Y eso a pesar de la velocidad de ahora mismo con que se mueven Andrómeda y Vía Láctea, la una hacia la otra. Así de lejos estamos. Así es el Universo. Falta tanto tiempo que, según afirman hoy los especialistas, de la vida en la Tierra  no quedará ni rastro. Quién sabe si un día cambiarán de opinión. El hecho es que falta mucho, sí, pero la cuenta atrás ya ha comenzado, diría una persona realista con los datos en la mano. Sin embargo, entre la alarma y la indiferencia, ¿cabe alguna otra actitud?

         Caben al menos dos, a mi parecer. Una es quedarse anonadado y hundido por este choque de magnitudes entre lo humano y lo intergaláctico. Nuestra pequeñez frente a lo gigantesco, tanto si se habla de distancias, de años o de estrellas. Es difícil no caer en la melancolía cuando, a primera vista, comparamos nuestra estatura con la del Universo. Queda muy bien reflejado este impacto en el rostro de un niño de la premiada película “Annie Hall” de Woody Allen. El protagonista evoca su niñez (difícil no pensar en la del propio Allen), el día que su madre le llevó al médico porque andaba siempre desmoralizado desde que había descubierto que  “EL Universo se expande y se expande…”


         Pero puede haber otra manera de contemplar el mundo. De contemplarlo más allá incluso de la descripción precisa y neutra  de la astrofísica. La historia que viene a continuación  es un ejemplo de lo que le puede suceder a un ser humano cuando se detiene, hondamente, ante lo que le supera. Frente a la inmensidad existe un poderoso lugar capaz de muchas cosas: la intimidad del ser humano. La mirada intensa del ser humano. El silencio del ser humano. La capacidad de darse cuenta del ser humano. A veces ocurre algo.

         Nació en un lugar de la Europa central en 1887 y falleció en 1961. Tenía gran talento para la ciencia, pero le interesaron  también la filosofía y el arte. Fue principalmente físico, pero hacia sus últimos años su indagación le llevó a interesarse por la biología. Todo esto y nada de esto tienen que ver con lo que le sucedió un día y que él mismo se encargó de anotar.

         Estaba sentado en un rincón de la alta montaña. Su vista le devolvía la majestuosidad de unos picos altísimos, coronado uno de ellos por un glaciar. Más abajo, rocas, pastos, zonas de árboles. A sus pies, un valle silencioso. Los últimos rayos del sol poniente teñían de rosa la visión, mientras el cielo azul, pálido, en pocas horas se habría apagado. Él contempla absorto el mundo así recortado, pero advierte que lo que todo ello le fue inspirando podía haberle pasado ante otra faceta del Universo.

 Cuanto ahora se le ofrece en la alta montaña está ahí desde hace  miles de años, sin apenas cambios. Él, en poco tiempo, habrá dejado de existir, y toda  esa naturaleza, se dice para sí mismo, seguirá ahí miles de años.

         ¿Qué es lo que me ha sacado de la nada de un modo tan repentino, a fin de gozar por tan poco rato de un espectáculo al que resulto absolutamente indiferente?

         Observa entonces que las condiciones que, remontándonos a los orígenes, le hicieron posible a él son las mismas que hicieron posible lo que ahora está contemplando. De hecho, posiblemente en ese mismo lugar que ahora ocupa él, estuvo hace cien años otro hombre, mirando, pensando. Como él. Con alegrías y penas, proyectos y dificultades. Como él. ¿Era alguien distinto a él? ¿No podía ser él mismo? ¿En qué consiste lo que llamamos yo? ¿Por qué quien ahora mira y reflexiona soy yo y no otro?, se dice a sí mismo. “Cuando objetivamente lo que hay en todos es la misma cosa, ¿ qué es lo que justifica que nos empeñemos tan obstinadamente en descubrir la diferencia entre mi propio yo y los demás?”

         No sabemos cuánto tiempo pasaría desde esta visión interior a la siguiente. Esa “unidad de  conocimiento, sentimiento y decisiones”, a la que llamamos yo, ¿podía haber surgido de la nada, unos pocos años antes, para, al cabo de un poco de tiempo más, volver a desaparecer?

         No. Le parece que no. Que esta “unidad de conocimiento  sentimientos y decisiones” es en lo esencial lo mismo en todos los seres humanos. Y es eterno. Y es inmutable. Así lo ve. Y alcanza al todo. Esa vida que él capta en sí mismo, detrás de sus circunstancias personales, está en esencia en todo. Y nuestro hombre se tumba ahora y nota su espalda sostenida por la Madre Tierra, y tiene la absoluta certeza “de ser una sola y misma cosa con ella y ella con nosotros”.

         Esta es la historia de un día en la vida de Erwin Schrödinger. De alguien que, dedicado a la investigación en Física, llegó a formular una ecuación de mecánica ondulatoria, llamada ecuación de Schrödinger, que resultó decisiva para el futuro de la mecánica cuántica. También el creador de aquella paradoja llamada el gato de Schrödinger, el único gato que podía estar vivo y muerto a la vez. Por sus contribuciones a los avances en Física le fue concedido el Premio Nobel en 1933. Posteriormente escribió un libro orientado hacia la Biología, “¿Qué es la vida?”, que tuvo repercusión en estudios posteriores de genética. El texto de esta historia forma parte de su libro “Mi  visión del mundo” y lo recoge Ken Wilber en “Cuestiones cuánticas”.


         La visión de Schrödinger que acabo de narrar, con la que bastantes buscadores de la realidad última estarían de acuerdo, no está aquí para ser promocionada como tal. Es sólo una muestra de la fuerza creativa de un ser humano. La inmensidad cósmica nos sobrecoge  pero no siempre nos paraliza. ¿Por qué  tenemos esa capacidad de avanzar en la comprensión de la realidad, la visible o la invisible? ¿Por qué podemos ir entendiendo la vida en la que hemos despertado? Podría haber una distorsión total entre mente humana y realidad externa. Y no parece que la haya. Es cierto que los avances son lentos. En el mismo terreno de la Física, la cautela de los más grandes es notable. “El logro más significativo de la Física del siglo XX es el reconocimiento de que no nos hemos puesto en contacto con la realidad última”, dijo en 1931 Sir James Jeans, eminente matemático, físico y astrónomo. Y el biólogo J.B.S.Haldane escribió: “La realidad no sólo es más extraña de cómo la concebimos, sino más extraña de cómo podamos concebirla”. Nada completamente definitivo, pues, pero ese reconocimiento de que no se sabe del todo es ya una forma de mostrar que hasta de lo aún desconocido se tiene cierta noción.

         Con esta capacidad de esclarecimiento puede contemplar el ser humano el fabuloso espectáculo  del cosmos. Y no como algo completamente ajeno, sino como la matriz a la que un hilo (¿esencial?) nos une. Todo y todos fruto de aquella gran explosión. Desde esta Vía Láctea en la que, solitarios o acompañados, habitamos y cuyo rumbo no sabemos controlar, habría que pensar en ir a hablar con Andrómeda para  que se replantee el estropicio galáctico al que se dirige. Pero, ¿dónde están los responsables de esta galaxia? ¿Dónde está su puente de mando, dónde su sala de máquinas?Otro físico de renombre, Sir Arthur Eddington, tuvo una intuición en cierto modo relacionada con esta descabellada propuesta: “Algo desconocido está haciendo no sabemos qué”. Quizá no tendríamos, pues, que dar por perdido el intento.

         Los seres humanos vivimos, por regla general, indiferentes al Universo en que hemos nacido y en el que viviremos hasta que nuestro cuerpo y el de todos los demás seres, queridos o no, se disuelvan. Y esta distracción nos sienta fatal. No es ni tan siquiera natural. Algo decisivo se nos tiene que estar escapando si no atendemos al gran país del que formamos parte: el Cosmos. Lentamente hemos ido  descubriendo que no somos seres aislados. Que, para empezar, familia y sociedad  nos influyen y nos necesitan. Lentamente vamos cayendo en la cuenta de que la Tierra no es un simple decorado de nuestras andanzas , sino otro ser vivo al que necesitamos y que nos necesita. ¿Por qué detener esta ampliación del campo de conciencia al llegar al techo de la atmósfera? ¿Qué pasaría si contemplar calladamente , hondamente, el Universo, varias veces a lo largo de cada vida, se convirtiera en una actividad considerada necesaria, indispensable? Una especie de valor humano, enriquecedor. Una parte del currículum escolar y de la formación permanente. Un patrimonio de la Humanidad.

         Aparte de que alguien pudiera dar con la forma de conectar con Andrómeda, cosa que también a mí se me antoja ahora muy difícil, creo que de esos “viajes” con la mirada intensa y un recogimiento casi sagrado algo nuevo nos llegaría del océano cósmico y su inagotable espectáculo de luces, distancias y movimiento incomprensible. Es probable que al acercarnos a su grandeza y a su inagotable acción, al intimar con su obstinada energía, con su sonido primordial, al que llamaríamos silencio, con sus proyectos indescifrables, al intimar con toda esa abundancia, a la que también pertenecemos, es posible, digo, que se nos fueran las ganas de unas cuantas cosas . De la bronca por la bronca o del exterminio del otro porque así lo quiero yo. Del gusto por la discusión, porque yo y los míos hemos de tener razón. De la pasividad, en cambio, ante la miseria o la violencia que no llegan a  discutir, pero que no se arreglan.

         Tal vez nos hace falta leer un poco ese libro abierto de infinitas páginas que científicos y contemplativos nos van poco a poco descifrando. Quizá ahí esté aguardando un secreto sin palabras, un aire  muy puro que puedan ir renovando la vida en este minúsculo rincón  del Universo inabarcable.

         Entonces, aunque nadie haya  podido hablar nunca con Andrómeda y lograr que recapacite, pudiera ser que cuando embistiera nuestra galaxia, al abordar la Tierra, encontrara un gran cartel, o muchos, que dijeran en un montón de lenguas:

                                    YA NO ESTAMOS AQUÍ,    
         PERO CONSEGUIMOS
              ENTENDER  MUCHAS COSAS.
           

   

viernes, 1 de junio de 2012

Las tres vidas de Francisco de Aldana



En mi ensoñación he ido hasta un lejano campo de batalla de Marruecos  y, entre los miles de cadáveres que la carnicería ha dejado, he reconocido uno, el de Francisco de Aldana. Varios días leyendo sobre él, buscando más datos  aquí y allá, me han transportado, al cerrar los ojos, a este paisaje desolador de “acero ensangrentado, /hueso en astilla, en él carne molida,/despedazado arnés, rasgada malla”, como él mismo había escrito un día, en versos sin fecha. ¿Por qué acabó aquí la vida de este soldado y poeta?

             
 Es Marruecos, en concreto Alcazarquivir, cerca de Larache. El año, 1578. En este enfrentamiento perecerán también tres reyes: el sultán del bando vencedor, Abd al-Malik, el  depuesto monarca marroquí, Muley Ahmed, y el rey Sebastián de Portugal, que había acudido en apoyo de éste y con el objetivo de frenar la expansión  turca por el norte de África y así reforzar la Cristiandad. De la muerte del rey portugués, por cierto, nacerá un mito muy popular entre los lusitanos: el sebastianismo. El rey Sebastián no habría perecido en esta batalla y un día volvería a Portugal. Fue el rey de España, Felipe II, tío del rey Sebastián, quien aceptó la petición de éste de que Francisco de Aldana  le acompañara en tal aventura, a la que, sin embargo, no había querido enviar un ejército, pues la aventura era un despropósito  desde el punto de vista militar, como el mismo Aldana había informado al rey de España.

¿ Era Francisco de Aldana un militar que escribía versos de vez en cuando?  Era mucho más que una afición, según dejaron dicho algunos escritores que le sucedieron en las páginas de la Historia de la Literatura Española.


                   Único, sabio y claro Aldana.
                                                        Cervantes

                   Tenga lugar el Capitán Aldana
                   entre tantos científicos señores,
                   que bien merece aquí tales loores
                   tal pluma y tal espada castellana. 
Lope de Vega

                   Valeroso y doctísimo soldado y poeta castellano.
                                                        Francisco de Quevedo
         
Por tanto, si se trata de conocer quién fue el dueño de este rostro vencido que yace ante mis entornados ojos entre tantos muertos y heridos, por fuerza algo habrá que decir sobre su vida de militar y sobre su vida de poeta. Pero, ¿cuál fue la tercera vida de Francisco de Aldana a la que se alude en el título?

         Aldana (…) un místico al que sin irreverencia llamaríamos no profesional.
                                                        Luis Cernuda

Militar, poeta y místico son las tres vidas que se desangraron en una batalla feroz en África, muy lejos de donde deseaba estar en aquel momento Aldana: el monte Urgull, en San Sebastián, como se explicará más adelante. Al abrir cada una de las tres puertas de la biografía de este hombre, nos hemos de encontrar con información muy desigual. Del militar, los datos son considerables. Del poeta, conservamos bastantes poemas, aunque no todos. Sin embargo, penetrar en la tercera puerta, la del místico, es sumergirse en una extraña niebla resplandeciente. El místico no tiene retrato ni documentos. Está en el corazón de unos versos que habrá que leer en el mayor de los silencios y con la imaginación más rigurosa de que seamos capaces, para que nos revelen algo de lo que no sabemos con exactitud. Éste es el propósito final de esta historia.


                                                                       

El militar                     
Francisco de Aldana nació en 1537, probablemente en Nápoles, territorio perteneciente a la corona española. Hijo y sobrino de militares, de origen extremeño, a los tres años se trasladó con su familia a Florencia, donde creció inmerso en el ambiente renacentista de la ciudad de los Médicis. Estudió, leyó, descubrió su amor por las letras y compartió todo ello con su hermano Cosme, que tendrá un papel muy importante en su posteridad, y con otros amigos.

Pero en el siglo XVI  abrazar las armas  a la vez que las letras no era tan inusual  como en tiempos posteriores. Varios autores clásicos de la Literatura Española lo hicieron: Garcilaso de la Vega, en su mismo siglo; Jorge Manrique, que les precedió, y el mismo Cervantes, herido en la batalla de Lepanto, a partir de lo cual abandonó la milicia, aunque más tarde alumbraría una prodigiosa criatura literaria que ansiaba tanto la literatura como el noble oficio de las armas: nuestro Don Quijote.

A los 16 años Aldana ya había ingresado  en la carrera militar. En 1557, con veinte, tomó parte en la victoria hispánica contra Francia en San Quintín. Con 27 años ya era capitán y tenía fama de buen guerrero. Ejercía su oficio en Florencia, pero por pocos años. En 1567 comenzó una nueva etapa. Marchó, a las órdenes del Duque de Alba, a los Países Bajos. La parte más terrible de la vida de milicia se iba a destapar con máxima hostilidad. La guerra por preservar aquellos territorios del Imperio Español, entonces en parte protestantes, sería larga y sanguinaria. Ochenta años más tarde, en 1647, obtuvieron la definitiva independencia.

Nos interesa retener este periodo de su biografía (1567-1576), que sólo se interrumpirá con una breve estancia en la España peninsular y en el Mediterráneo, pues Aldana se convertirá en los Países Bajos en un hombre maduro, ahondará en su interior y decidirá cómo quiere vivir lo que le reste de vida, que acabarán siendo tan solo dos años más.
La guerra era la constante en Flandes. Y frecuente era el descontento de los tercios españoles, que podían ver como se retrasaba la paga pero no la orden de ofrecer sus cuerpos al combate. Unos versos de Aldana retratan el momento nocturno en que el centinela da la voz de alarma ante el ataque inesperado del enemigo, y las maniobras guerreras que después tienen lugar:

                   Aquél toma el escudo, éste el estoque,
                   éste y aquél la lanza, otro la pica,
                   otro la espada, ese otro el instrumento
                   que relámpago, rayo y trueno junto
                   echa de sí con daño de mil vidas.

En mayo de 1571 fue licenciado de su destino en los Países Bajos y pisó por primera vez suelo castellano. No permaneció por mucho tiempo en Madrid, pues al año siguiente lo encontramos a las órdenes de Don Juan de Austria, reciente vencedor de los turcos en Lepanto. Pero en ese mismo 1572 empeoró la situación en los Países Bajos y Aldana fue reclamado de nuevo en ese frente. Como general de artillería participó en los combates de Harlem y Alkmaar, siendo en este sitio herido de gravedad. Siete meses le llevó recuperarse de la herida en aquella batalla perdida por los tercios. En ese tiempo el Duque de Alba, con quien le unía una muy fluida relación, fue destituido. Luis de Requeséns tomó el mando. Probablemente en ese tiempo ya su energía militar se estaba acabando, pero aún debió quedarse en aquel frente dos años más, en los que vivirá la derrota de Leiden. No es hasta 1576 cuando por fin consiguió regresar a Madrid, de lo que tenemos noticia en una carta muy significativa que le escribió a su superior máximo Luis de Requeséns:

Veo que el hábito de mi soldadesca ya se rompió y me será fuerza procurar otro de más seguridad.

Una misión en San Sebastián le lleva a conocer el monte Urgull y el pequeño castillo en su cima. Una idea se abre paso en Aldana: aquél podría ser el lugar donde desaparecer del mundo. Mas pronto el rey Felipe II le encarga una extraña misión. Viajará de incógnito, de hecho como espía, al norte de África, a la zona de Fez. Ha de informar del potencial militar de los militares mahometanos, que se reveló muy importante. El rey quería disuadir a su sobrino, el rey Sebastián de Portugal , de su idea de invadir la zona. Aldana acudió a la entrevista con el rey luso con tales noticias, pero la sintonía entre ambos parece que fue importante, y los datos no desanimaron a aquel singular monarca portugués de 23 años, llegado al trono sin haber nacido (su padre había fallecido dos semanas antes de su alumbramiento), que no quiso contraer matrimonio y que vivía inmerso en el fuego de la misión de poner freno al avance turco por el norte de África. El hecho es que solicitó a Aldana que le acompañara un año más tarde en el ciego proyecto y, llegado el momento, escribió al rey Felipe II haciendo oficial su solicitud. La entrevista había tenido lugar en el verano de 1577. La expedición se realizaría el verano de 1578. Aldana acabaría fundiendo su destino con el del joven y vehemente rey de Portugal.

                             
¿Qué hizo Aldana en el año que le quedaba de vida? Sospechara o no que estaba agotando su tiempo, Aldana llevó una doble vida. Por una parte, ejerció su tarea militar en la fortaleza del monte Urgull. Por otra, quiso vivir sin más demora su apartamiento del mundo. Escribió una larga carta en verso a su amigo Arias Montano, uno de los sabios humanistas de la época, que radiografía con precisión el estado del alma de Aldana en aquel momento. Y escribió un memorial al rey solicitándole “merced de la Mota de San Sebastián”. En noviembre de ese año, 1577, se le concedió el puesto.

Allí debió de conseguir, durante unos meses, poner fin al desasosiego que arrastraba desde hacía mucho, y que había reflejado en sus versos.

                   El ímpetu crüel de mi destino
                   ¡cómo me arroja miserablemente
                   de tierra en tierra, de una en otra gente,
                   cerrando a mi quietud siempre el camino!

Por poco tiempo. En julio de 1577, y tras recibir varios requerimientos del rey Sebastián, Felipe II ordenó a Francisco de Aldana que fuera a Madrid y desde allí se incorporara como consejero militar a la expedición del norte de África. Lo que vino después ya nos es conocido.


El poeta
¿Qué hace un poeta que no ejerce de tal, sino que ha de estar presto al combate, hoy en un frente, mañana en otro, con lo que va escribiendo?Probablemente perder parte de su obra en las trincheras. Este fue el caso de Aldana. Nos han llegado noventa composiciones suyas, pero todo indica que había más. Y nos han llegado porque, tras su muerte, su hermano Cosme fue recogiendo todo lo que encontró y lo dio a la imprenta tal como lo fue recopilando. ¿Con qué orden? Con ninguno. Aldana no había puesto fecha en casi ningún texto, con lo cual apenas se puede relacionar vida y obra. ¿Por qué actuó así? Todo parece indicar que no pensaba  en pasar a la posteridad como hombre de letras. Seguramente escribía para destinatarios cercanos, o para su propia intimidad, quizá compartida en algunos momentos.
Y, sin embargo, acabó recibiendo el elogio de los más grandes del Siglo de Oro Español, y después de la Generación de Lorca y Cernuda, ya en el siglo XX.

                                      
                                                         
         En sus sonetos, canciones, coplas, octavas y epístolas, Aldana revela su afán en cada momento, sus descubrimientos, sus convicciones, sus experiencias, sus anhelos. Nos llegan sus intensas vivencias, pero nos es difícil saber cuándo o por qué agitan su existencia.

         Puede ser el amor:

                            Por vuestros ojos juro, Elisa mía,
                            (así con larga paz el cielo amigo
                            pueda volver de nuevo a ser testigo
                            de aquel morir do vida se incluía)
                            que así cesó del monte el alegría,
                            desque cesaste vos de estar conmigo(…)

         Puede ser la guerra, fiel compañera, aunque más tarde aborrecida:

                            Otro aquí no se ve que, frente a frente,
                            animoso escuadrón moverse guerra,
                            sangriento humor teñir la verde tierra,
                            y tras honroso fin correr la gente;
                            éste es el dulce son que acá se siente:
                            “¡España, Santïago, cierra, cierra!”,
                            y por suave olor, que el aire atierra,
                            humo de azufre dar con llama ardiente(…)

         O el desasosiego que anunciaba la necesidad de una nueva vida:

                            No halla la memoria o la esperanza
                            rastro de imagen dulce y deleitable
                            con que la voluntad viva segura:
                            cuanto en mí hallo es maldición que alcanza,
                            muerte que tarda, llanto inconsolable,
                            desdén del Cielo, error de la ventura.

         Es una breve muestra, pero podrían ser tres marcas de un itinerario biográfico ordenado en el tiempo. La juventud en Florencia y el amor. La plenitud del militar entregado a su misión. La  madurez del hombre (quizá en torno a los 35 años)  que hace balance y escribe sobre la carencia de sentido en su vida. ¿Qué vendría después?  Muy probablemente este soneto, que lleva todo el aliento del hombre cansado que mira hacia un nuevo lugar interior  y exterior en el que poder renacer.

                            En fin, en fin, tras tanto andar muriendo,
                            tras tanto varïar vida y destino,
                            tras tanto de uno en otro desatino
                            pensar todo apretar, nada cogiendo,

                            tras tanto acá y allá yendo y viniendo
                            cual sin aliento inútil peregrino,
                            ¡oh, Dios!, tras tanto error del buen camino,
                            yo mismo de mi mal ministro siendo,

                            hallo, en fin, que ser muerto en la memoria
                            del mundo es lo mejor que en él se asconde,
                            pues es la paga dél muerte y olvido,

                            y en un rincón vivir con la vitoria
                            de sí, puesto el querer tan sólo adonde
                            es premio el mismo Dios de lo servido.

         Estos son los versos de quien tiene mucho ya vivido. Hasta cinco veces utilizará la expresión “tras tanto”. Y son los versos de quien va a llegar a una conclusión: hasta tres veces dirá “en fin”. ¿Cuál es el giro que busca para su vida? “Ser muerto en la memoria del mundo”, que en su caso sería el abandono de la guerra, la diplomacia, los éxitos. Y encontrar  un “rincón” para vivir cerca de Dios.

         Este poema tardío nos ha llevado a la cima del monte Urgull, donde consiguió finalmente vivir unos meses de sosiego, y a la tercera puerta de las vidas de Aldana: la del místico.

                            
El místico
En el año 1577, unos diez meses antes de morir, Aldana escribe una carta en verso a su gran amigo Benito Arias Montano, a la que antes ya se hizo referencia. Es una epístola escrita en versos de 11 sílabas y estructurada en estrofas  de tres, los llamados tercetos encadenados. En ella explica cómo se siente, qué pretende hacer con su vida y en qué lugar desea cobijarse. E invita a Arias Montano a compartir con él ese retiro.

         Pero la “Epístola a Arias Montano”, subtitulada “Sobre la contemplación de Dios y los requisitos della”, habla de algo más, y esta es la sorpresa que estos versos van a revelar. En sus momentos de quietud, Aldana ha alcanzado un “lugar”, un espacio interior, donde ha hallado destellos de una belleza y un sosiego nuevos. Y esto ha sido así porque, en su visión de tal experiencia, el alma se ha hundido “toda en la divina fuente”.

         Lo que ha ido descubriendo el alma de Aldana sobre la posibilidad de sentir el calor y la paz que emanan del origen divino del ser humano, aparece destilado en numerosos versos de esta carta. El mundo no parece que tuviera noticia alguna de esta escondida senda de Aldana. La tercera vida de este capitán está aquí, asomando entre estrofas perfectamente medidas. En sus versos me apoyaré para reconstruir, para esbozar mejor, la prudencia así me lo aconseja, lo que pudo ser la vida del místico que Aldana también fue.

         A poco de comenzar la carta, Aldana refleja sin adornos su estado presente:

                         yo soy un hombre desvalido y solo

         Para, a continuación, apuntar la posible causa, que no ha desaparecido pues escribe en presente:

                         Oficio militar profeso y hago,
                         ¡baja condenación de mi ventura!,
                         que al alma dos infiernos da por pago:
                         los huesos y la sangre que Natura
                         me dio para vivir, no poca parte
                         dellos y della he dado a la locura

         Pero no se alarga en el lamento. Zanja la queja, anota poéticamente su edad presente, de 40 años, “cuatro veces ciento y dos cuarenta vueltas dadas miro del planeta septeno al firmamento”, y expone claramente el giro que ha decidido para su vida:

                            pienso torcer de la común carrera
                            que sigue el vulgo y caminar derecho
                            jornada de mi patria verdadera;
                            entrarme en el secreto de mi pecho
                            y platicar en él mi interior hombre,
                            dó va, dó está, si vive, o qué se ha hecho.

         Lo cual espera realizar en un lugar solitario (parece claro que el Monte Urgull en San Sebastián)

                            Y porque vano error más no me asombre,
                            en algún alto y solitario nido
                            pienso enterrar mi ser, mi vida y nombre.

         Aldana no tiene dudas del fruto de ese recogimiento que le espera:

                            y, como si no hubiera acá nacido,
                            estarme allá, cual Eco, replicando
                            al dulce son de Dios, del alma oído.

         ¿Qué sería el “dulce son de Dios”? ¿Tenía ya experiencia de ello? Ésta sería la pregunta clave para el acercamiento al Aldana místico.Sólo podremos descubrirlo al ir encontrando numerosos versos inspirados claramente en esta vivencia espiritual.

         Hay para Aldana una “eterna Beldad”, de la que procede el alma humana. Y afirma que el alma

                            antes que del Señor fuese crïada,
                            cómo no fue ni pudo haber salido
                            de aquella privación que llaman nada

         Lo que le inspira agradecimiento:

                            y diga a Dios:“¡Oh Causa del ser mío,
                            cuál me sacaste desa muerte escura,
                            rica del don de vida y de albedrío!”

         El alma humana, pues, aunque también su cuerpo temporal, ha sido decisión, regalo, de la voluntad de otro Ser. Y este origen divino está en ella. ¿Cómo reconocerlo? Según Aldana, que parece aquí demostrar gran conocimiento de ello, no hay que desvivirse en la búsqueda de esta experiencia.

                            Así, que el alma en los divinos pechos
                            beba infusión de gracia sin buscalla,
                            sin gana de sentir nuevos provechos,
                            que allí la diligencia menos halla
                            cuanto más busca, y suelen los favores
                            trocarse en interior, nueva batalla.

         Y la mejor forma de que este conocimiento del origen del ser humano se produzca son para Aldana la quietud y la espera:

                            Digo que, puesta el alma en su sosiego,
                            espere a Dios cual ojo que cayendo
                            se va sabrosamente al sueño ciego

         El gozo que este contacto divino puede ofrecer, lo intenta reflejar, bien que pálidamente, con una referencia histórica, contemporánea al poeta, que tal vez nos sorprenda:

                            ¡Oh grandes, oh riquísimas conquistas
                            de las Indias de Dios, de aquel gran mundo
                            tan escondido a las mundanas vistas!

         Ésta es sin duda la vía y la vida del místico, a cuya alma en esta disposición

                            (…) poco a poco le amanezca el día
                            de la contemplación, siempre cobrando
                            luz  y calor que Dios de allá le envía.

         Llegados a este punto, uno no puede menos que preguntarse cuándo y dónde un militar, tan activo como éste, pudo encontrar espacio y tiempo adecuados para vivir esta tercera vida. Los silencios fecundos, los destellos de luz, los gozos de una paz y un conocimiento superior, tuvieron que producirse en las entrañas de su agitada vida de militar, que nunca acabó, y sí acabó con él. En alguno o varios de estos hechos de su biografía debieron de coexistir el militar, el poeta y el místico:
         En las amenazadoras noches de Flandes, entre el sueño y la tensión de un posible ataque nocturno del enemigo.
         En los meses de convalecencia por las heridas del mismo frente de combate.
         En los  largos viajes atravesando Francia para llegar a Madrid o regresar a los Países Bajos.
         En el Mediterráneo, combatiendo al turco con Don Juan de Austria.
         En el viaje de ida y vuelta a Lisboa para informar al rey de Portugal de las dificultades de atacar el norte de Marruecos.
         O quién sabe en qué otros paréntesis de aquel oficio, de aquel destino, consagrado a la pelea, de quien iba descubriendo en la quietud “el divino centro, glorioso origen del contento”. En estas y en otras ocasiones tenía Aldana que abstraerse de todo cuanto le solicitaba su dedicación a las armas y desaparecer hacia adentro y hacia arriba, por unas horas, quizá menos. Y, según se desprende de la obra comentada, una presencia y  una revelación a menudo le aguardaban.

         He aquí al “místico no profesional”, como le nombró el poeta Luis Cernuda. No se trataba de un monje caminando con el pecho silencioso por el claustro amable de su monasterio. Se trataba de un guerrero, agotado hacia el final, pero no tanto como para no cumplir su última misión y adentrarse en la que sería su última batalla, en el norte de África, espada en mano, según testigos alcanzaron a ver y a contar.

         Más allá de la tristeza que este desenlace puede dejarnos, yo quiero anotar el lado oculto y luminoso de esta vida. Y subrayar el hecho de que esta conciencia mayor, de que este descubrimiento espiritual Aldana lo va cobrando inmerso en lo que hoy llamamos vida cotidiana. La suya tan diferente de la nuestra, en general. Pero quizá Aldana anticipa así una figura hoy más imaginable que en su tiempo: la del hombre o la mujer dedicados al trabajo, a la familia, al estudio, a los conflictos sociales, en cuyo interior habita un monje que también tiene su momento y que no renuncia a un conocimiento trascendente. No olvidemos que Aldana escribió todos los versos que antes se han comentado sin haber alcanzado aún aquel retiro, “en solitario nido”, que tanto anhelaba.

         Creo que este hombre un día vio que existía una “escalera” que llevaba a lo más alto, aún en penumbra para sus cansados ojos. Pero hombre de condición valiente y atrevida, decidió subir y conocer.Llegado arriba, halló una puerta abierta, como esperándole.