Lola Hurtado. Óleo.


miércoles, 14 de marzo de 2012

A pesar de todo, Viktor Frankl hablaba a su esposa



Cuando Viktor Frankl  murió en 1997 en Viena, la misma ciudad en la que había nacido 92 años antes, no hacía más que 11 meses que había impartido su última clase en la Universidad. Su energía para comunicar cuanto había descubierto con su propia vida y con sus investigaciones parecía inagotable.

         Y es que ciertamente Frankl tuvo mucho que decir y fue ampliamente escuchado. Este neurólogo y psiquiatra vienés escribió 26 libros, que han sido traducidos a 18 idiomas. De uno de ellos (“El hombre en busca de sentido”) se  llevan vendidos diez millones de ejemplares. Fue nombrado doctor honoris causa por 29 universidades del mundo entero. Durante 25 años, el profesor Frankl fue director de la Policlínica neurológica de Viena y ha sido estudiado en multitud de artículos, en multitud de lenguas, por sus aportaciones a la psicología. Estamos hablando del creador  de la logoterapia, considerada la tercera escuela vienesa de psicoterapia (las otras dos serían las fundadas por Freud y Adler).

Estos datos, que para muchos lectores son bastante conocidos,  no dan apenas idea de la gran aportación de Frankl al conocimiento del ser humano y a la superación de sus conflictos internos. Ni aun añadiendo datos como que el libro antes citado fue considerado por la Biblioteca del Congreso de Washington  uno de los diez títulos que más influencia han tenido en Estados Unidos, se puede comprender cabalmente la importancia de este hombre, que apuntó al sentido que cada uno logra encontrar para su vida como el elemento clave de cualquier existencia.

                           

         Pero hubo un momento en que Viktor Frankl estuvo a punto de quebrarse por completo, y nada de este inventario de hallazgos y reconocimientos hubiera podido existir. Es de este tiempo en la vida de Frankl, y de un hecho en apariencia muy pequeño, de lo que quiero hablar.

         Era el año 1938 y Austria había sido invadida por los nazis. Viktor Frankl tenía 33 años y ejercía como médico en Viena, en un consultorio privado que pronto tuvo que ser cerrado. A los médicos judíos, y él lo era, se les prohibió atender a pacientes que no fueran judíos. La amenaza se acercaba inevitablemente. Frankl consiguió un visado para marchar a Estados Unidos, pero sólo para él, no para su familia.  Precisamente entonces le fue ofrecida la dirección de un hospital de la comunidad cultural israelita de Viena, el Hospital Rostchild, y él la aceptó. Este hecho va a ser muy importante en esta historia.

 Estar al frente de dicha tarea le suponía, momentáneamente, protección para él y para su familia ante la posibilidad de ser deportados a un campo de concentración. Frankl decidió, pues, quedarse y dejó caducar su visado. Pero en el hospital ocurrió algo más. Conoció a  una enfermera, llamada Tilly Grosser, y en diciembre de 1941 contrajeron matrimonio. Poco tiempo después, la situación de los judíos de Viena fue empeorando. El hospital fue clausurado, y la protección de médicos, enfermeras y familiares directos frente a la deportación se esfumó. Todo podía ocurrir, y en cualquier momento.

Así fue. En setiembre de 1942, Frankl, sus padres, su esposa y la abuela de ésta fueron obligados a acudir al “punto de reunión”, el lugar fatídico desde el que serían llevados a los trenes que conducían a la nada, es decir, a los campos de concentración. Frankl , al igual que los demás, tuvo que despedirse de casi todo. Sólo llevó consigo una maleta, que al llegar al campo desapareció, y el manuscrito de  la obra que había acabado de escribir con premura en los días anteriores: “Psicoanálisis y existencialismo”, que acabó corriendo la misma suerte. No fue esto lo peor.

El tren al que fueron obligados a subir no se sabía dónde les llevaba. Amontonados en grupos de 80 personas por vagón, algunos creían que iban a trabajar a una fábrica de municiones. Pero llegaron al campo de concentración de Auschwitz. Puestos en fila y ya custodiados por las SS, hombres y mujeres fueron separados. Frankl y su esposa  tuvieron que despedirse. Como tantos otros.

Lo que vino después es bien sabido hoy.1100 prisioneros hacinados en un barracón para 200. Varios días con un trozo de pan. Cualquier cosa de valor (anillos de casado, relojes, agujas de corbata…) acababan en las manos de los guardianes. Había que quitárselo todo para enfundarse el traje del campo, y en 2 minutos; después llegaban los latigazos. Cabezas rasuradas, dormir sobre los tablones de las literas y varios hombres en cada una… Viktor Frankl lo resumía diciendo que “lo único que poseían era la existencia desnuda”.

Mas no para todos fue así. Esta era la vida que esperaba a los que desde la llegada del tren fueron enviados en una dirección  del campo. Muchos otros fueron enviados a un edificio con un rótulo: “Baño”. Incluso se les daba una pastilla de jabón al entrar. De sus duchas, como es sabido, no salía agua. Así funcionaban los crematorios.

 Para los que habían salvado aquella primera selección, estaba esperándoles una vida en condiciones extremas. Temperaturas a 20 grados bajo cero, desnutrición, enfermedades frecuentes, trabajos durísimos al aire libre, insultos, golpes…Y algo más,algo casi peor: la ausencia de noticias de los familiares. En el caso de Frankl , eran sus padres, y era su joven esposa Tilly. ¿Cómo sobrellevar todo aquello?

Viktor Frankl lo cuenta en su libro “El hombre en busca de sentido”. Éstas son sus palabras:

Mientras marchábamos a trompicones durante kilómetros, resbalando en el hielo y apoyándonos continuamente el uno en el otro, cada uno pensaba en su mujer. De vez en cuando yo levantaba la vista al cielo y veía diluirse las estrellas al primer albor rosáceo de la mañana, que comenzaba a mostrarse tras una oscura franja de nubes. Pero mi mente se aferraba a la imagen de mi mujer, a quien vislumbraba con extraña precisión. La oía contestarme, la veía sonriéndome con su mirada franca y cordial. Real o no, su mirada era más luminosa que el sol del amanecer. Un pensamiento me petrificó: por primera vez en mi vida comprendí la verdad vertida en las canciones de tantos poetas y proclamada en la sabiduría definitiva de tantos pensadores. La verdad de que el amor es la meta última y más alta a que puede aspirar el hombre. Fue entonces cuando aprehendí el significado del mayor de los secretos que la poesía, el pensamiento y el credo humanos intentan comunicar: la salvación del hombre está en el amor y a través del amor. Comprendí cómo el hombre, desposeído de todo en este mundo, todavía puede conocer la felicidad —aunque sea sólo momentáneamente —si contempla al ser querido.

En este punto hay que anotar que, de su amada esposa, Viktor Frankl se había despedido dramáticamente, al ser separados nada más llegar a Auschwitz, con estas palabras: “Conserva la vida a cualquier precio, óyeme bien, a cualquier precio”. Frankl se adelantaba así a los terribles pensamientos, a las dudas fatales, a los remordimientos que podrían paralizar a Tilly si se veía obligada a prostituirse con un oficial de las SS.

                               

Un día, en uno de aquellos grises amaneceres, Frankl estaba cavando una trinchera y en voz muy baja le hablaba a su esposa. Pero se sentía acabado, sentía próxima su muerte, y entonces, hallando un resto de energía en su interior se preguntó si aquella existencia tenía algún sentido. Y de lo hondo de sí mismo oyó un “sí”. En aquel mismo instante, en una franja lejana encendieron una luz, que se quedó fija en el horizonte oscuro.
Siguió golpeando el helado suelo, y siguió hablando con Tilly. El guardián soltaba sus insultos habituales y entonces algo nuevo, algo único, sucedió:

Volví a conversar con mi amada. La sentía presente a mi lado, cada vez con más fuerza y tuve la sensación de que sería capaz de tocarla, de que si extendía mi mano, cogería la suya. La sensación era terriblemente fuerte; ella estaba allí realmente. Y, entonces, en aquel mismo momento, un pájaro bajó volando y se posó justo frente a mí, sobre la tierra que había extraído de la zanja, y se me quedó mirando fijamente.

Viktor y Tilly no pudieron  reanudar su relación al final de la guerra. Ella, así como el resto de la familia, no sobrevivió al campo de concentración. No  se sabe cuándo murió.

El libro en que Frankl dejó escrito todo esto (“El hombre en busca de sentido”) llevaba un primer título: “Trotzdem ja zum Leben sagen”, que según nos aconseja el diccionario sería: “A pesar de todo, decir sí a la vida”.

Para llegar un día a tal conclusión, Viktor Frankl habló, a pesar de todo, a su querida esposa.