martes, 31 de enero de 2012

El vecino de Jung

Esta historia que Jung nos cuenta en sus “Memorias”, debió de sucederle entre 1914 y 1930, pues fue en ese periodo cuando tuvo sus principales sueños y visiones, a los que se refirió de este modo:

Los años en los que seguí mis imágenes internas fueron la época más importante de mi vida y en la que se decidió todo lo esencial.(…) Era la materia originaria para una obra de vida.

         Y esta “obra de vida” del psiquiatra suizo Carl Gustav Jung (1875-1961), la  podemos cuantificar en 18 volúmenes de Obra Completa, más 3 de Cartas, la creación de un nuevo camino para la psicología, llamado psicoterapia analítica, y, sobre todo, en una larga indagación plena de nuevas intuiciones sobre el interior del ser humano.

         En este viaje tuvo un gran papel  el tratamiento de los enfermos que fue atendiendo a lo largo de su experiencia clínica, pero también la investigación sobre las profundidades de la psique humana , aquello que nos constituye a todos, conscientemente o, y sobre todo, inconscientemente : en sus propias palabras, la realidad del alma.



         En esta exploración Jung se valió de la observación de los comportamientos de sus pacientes, como decíamos, pero también de un estudio y reflexión amplísimos, que no sólo abarcaron la psiquiatría sino también la mitología, las religiones, la parapsicología, el arte… Sin embargo, buena parte de sus aportaciones llegaron a través de realidades psíquicas que aparecían en su conciencia sin que él las trajera directamente. Me estoy refiriendo a los sueños y a las visiones. Sobre ello dijo:

Hay cosas en la psique que no son producidas por mí, sino que se presentan por sí mismas y tienen su propia vida.

          Y un ejemplo es la historia a la que aludía al inicio de este escrito e incluida en sus memorias, tituladas “Recuerdos, sueños, pensamientos”. Fue esto lo que ocurrió.

         Un amigo, y vecino suyo, había muerto repentinamente. Jung estaba afectado por aquel imprevisto suceso y el día después del entierro, de noche, pensaba en él. De improviso sintió que el amigo estaba en su habitación. No sólo eso, sino que quería que le siguiera. Jung lo explica como una visión interior, no como una aparición física. Esto le creó dudas: ¿era una fantasía sin más?, ¿era una presencia, inexplicable pero cierta? Con la fuerza de la imagen interior, pero con la dificultad de admitirlo como algo real, pasaron unos momentos. Cuando decidió dar una oportunidad al extraño suceso, el amigo se fue hacia la puerta y le hizo señas de que le siguiera. Jung dejó que la visión continuara.

         El vecino le llevó fuera de la casa, al jardín, a la calle y finalmente a su propia casa, que se hallaba a no más de cien metros de la de Jung. Una vez dentro le condujo a  su biblioteca. Es importante aclarar que  Jung nunca había estado en aquel lugar. Entonces el hombre se subió a un taburete y señaló un libro de un estante superior. Se trataba del segundo de cinco libros encuadernados en rojo. Le indicó ese volumen, cuyo título Jung no podía distinguir desde abajo, y en ese momento la visión cesó.

         Al día siguiente, Jung no pudo menos que ir a visitar a la viuda de su amigo y pedirle permiso para entrar en la biblioteca. Y sí, había un taburete bajo las estanterías y arriba se podían divisar los cinco libros encuadernados en rojo. Jung subió y tomó entre sus manos el segundo, el que le había indicado su amigo en la visión . Su título era “El legado de los muertos”.

         Hasta aquí la historia, contada desde los ojos de Jung. Él concluía que hechos como éste son signos, aunque no definitivo conocimiento, de la posible vida del alma después de la muerte.


        Pero en este punto, quizá podríamos pedirle a nuestra imaginación que nos ayudara a completar esta visión de una de las figuras más influyentes de la cultura del siglo XX. Será una hipótesis, pero eso no la invalida necesariamente.

         ¿Y si reconstruimos la historia desde el visitante y no desde el visitado? ¿Por qué vuelve, y tan pronto, aquella alma? ¿Por qué escoge a Jung y no a otra persona con la que pudiera haber tenido más cercanía que con su vecino, quien ni siquiera había visitado su biblioteca? ¿Por qué le propone una ruta que acabará en aquel libro y después ya se extingue? “Objetivo cumplido”, parece decir el  visitante. Y, por último, ¿qué es el legado de los muertos?

         ¡Cuánta gente ha deseado una visita así a lo largo de la historia! Una señal, un indicio, un algo, de que el ser querido desaparecido seguía su camino, aunque fuera de alguna incomprensible manera. Es como aquellos versos de Antonio Machado, referidos a su joven esposa muerta, tras soñar vivísimamente en ella después de haberla enterrado:

                            Vive, esperanza, ¡quién sabe
                            lo que se traga la tierra!

         ¿Había alguien más, en el entorno de aquel hombre, que hubiera podido percibir su presencia si se le hubiera presentado en su nueva naturaleza incorpórea? ¿Y que en caso de notar algo se hubiera atrevido a seguirle? Es probable que no. Pero lo que es casi seguro es que aquel hombre no podía ofrecer su legado a nadie como a Jung. ¿Quién mejor que él para escribir sobre ello y acabar transmitiéndolo a mucha más gente?

         Porque el “legado de los muertos”, que tan decididamente señaló el visitante mediante un libro de ese título, parece ser aquello que él acababa de descubrir tras su muerte y que, inexplicablemente para los vivos, estaba en condiciones de contar a un vecino muy especial.